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VALSAÍN, TODO UN POEMA CON AIRES DE FIESTA

Foto: Pedro de la Peña 
Amanece. Las nubes cubren el cielo, son buenos presagios de tormenta. Aunque las previsiones son halagüeñas, tras un verano de sequía, causan recelo entre los vecinos de Valsaín: es ahora cuando se celebran las fiestas en el escenario de su inmenso pinar. Son cinco días que se viven con auténtica entrega y con la máxima ilusión en los que fluyen todo tipo de sensaciones. Por eso, la lluvia, si al final cae, tan solo supondrá un inconveniente, pero no paralizará el etéreo motor que moviliza, desde tiempos lejanos, a las gentes de este pueblo; la lluvia puede mojar la esencia física, pero nunca calará el espíritu de las fiestas. Parece que la historia, en sus remembranzas, ha encontrado el nexo que une el pasado con el presente, bajo el amplio significado de la palabra “sentimiento”.

Tal vez una mirada retrospectiva aporte una mayor claridad al sentir de las fiestas de Valsaín. Ese viaje hacia el pasado nos lleva hasta aquellos que vivieron en este entorno ligados al monte y a la madera, y hacia sus ya emblemáticos gabarreros. Gentes recias, sufridas y aguerridas que soportaban, aparte del agotador trabajo físico de su oficio, las inclemencias meteorológicas, y por qué no decirlo, avatares e incomprensiones de la historia. Hartos de penurias y calamidades, anhelaban la llegada de sus fiestas patronales –entonces en octubre- para evadirse de tanta adversidad y vivir unos días de diversión. Así relataba un antiguo gabarrero una de sus muchas anécdotas: “Subíamos por la noche al monte un grupo de amigos, y a la luz de un candil tirábamos un pino –sin que se enteraran los guardas, claro está-, nos lo echábamos al hombro y lo llevábamos a uno de los almacenes de madera del pueblo. Todo para tener un duro en el bolsillo y gastarlo durante las fiestas”. Eran tiempos de mucha escasez y de demasiado trabajo. Aun así, buscaban un hueco en sus interminables jornadas laborales para obtener un dinero extra y sufragar sus gastos, pues en primer lugar había que pagar la cuota de abonado a la Asociación de Festejos. Lo cierto es que tanto la organización como el conjunto de gastos ocasionados corrían a cargo de los vecinos a través de su Asociación, una situación que, sin obviar la inestimable colaboración del Ayuntamiento, particulares y otras instituciones, se mantiene en la actualidad.

Así, año tras año, las fiestas fueron arraigando entre sus habitantes. No solo se disfrutaba de ellas, sino que llegaban a apasionar a las gentes del pueblo, que las percibían como propias, con el mismo entusiasmo con el que un artista crea su obra. Este profundo sentir se ha transmitido de generación en generación hasta nuestros días. En la actualidad, una directiva elegida de forma anual se encarga, con exultante altruismo, de organizar el programa de festejos, del que sus socios son partícipes activos.

Permitamos que el preludio de estos festejos tome por colores el blanco y el negro. Que los artículos de nuestras gentes y las impresiones gráficas nos guíen por los recuerdos en nuestra revista “Crónicas Gabarreras”. Ya está todo preparado.

Actos religiosos.

De forma paralela a la Asociación de Festejos, la Hermandad de la Virgen del Rosario se encarga de las actividades sacras. Tres mayordomos y la junta directiva se responsabilizan del programa. El pistoletazo de salida de las fiestas lo dará la misa en honor a la Patrona; a continuación se procederá a la entrega de ramos por parte de peñas y colectivos, para continuar con una vistosa procesión acompañada por carrozas engalanadas.

El domingo se oficiará una misa, tras la cual la Virgen volverá a salir en procesión en la que no faltarán cantos y bailes en su honor, amenizados por gaita y tamboril. Y como colofón, los Mayordomos obsequiarán a los asistentes con un concurrido ágape.

Tradición gabarrera.

Muchos son los concursos que completan el apretado programa de las fiestas. De ellos, cobran especial importancia los que guardan relación con la madera. En la tarde del sábado, silban las sierras de tronzado y suenan los golpes secos de las hachas que hienden en el tronco; la memoria recuerda los oficios tradicionales, entre ellos, la gabarrería.

Algunos de aquellos viejos gabarreros aún se atreven a recrear los tiempos pasados de un oficio duro y difícil. Hombres como Guillermo, Tino o Miguel guardan suficientes energías como para cargar el caballo de leña a base de soga y de su habilidad, al igual que lo hicieron desde su infancia. Después, el tronzado de madera con sierra ejercerá de inmejorable telonero al concurso más notorio: la corta de troncos.

Cortadores de Valsaín, El Espinar, Otero, de Cercedilla, Navacerrada, Soria, Asturias y del País Vasco se dan cita en un espectáculo sin parangón. Todo un derroche de energía, de fortaleza física, de precisión en el manejo del hacha, de equilibrio para no caer del tronco en el que se suben. Horas de entreno, consumidas en apenas veinte minutos, para partir diez troncos de un diámetro considerable. Las hachas golpean, saltan las astillas, se escucha la respiración acompasada de tan geniales deportistas, y la plaza, llena a rebosar, se aplaude y jalea a los participantes.

Aquel que se desplaza a Valsaín para ver tan genuino concurso saldrá satisfecho con toda seguridad; y permítanme la osadía, quedará por momentos anonadado.

El coso taurino.

Cuentan que “La Chata”, allá en los albores del siglo XX, se acercaba a Valsaín durante sus fiestas con la pretensión de ver la lidia de las reses bravas por parte de los mozos del pueblo ¡Incluso bailaba con ellos!

Durante años, la construcción de la plaza de toros en Valsaín suponía un ritual digno de admiración. Los domingos del verano, los mozos del pueblo se reunían en torno a la construcción de su plaza, a base de tablones y latas (el árbol cuyo diámetro precede al pino). Sin duda, aquella plaza suponía una obra de ingeniería inédita, de la que se sentían orgullosos los habitantes de Valsaín, y que de forma indirecta, servía para unirlos en torno a la llegada de sus fiestas. Como orgullosos se sienten los miembros de la Asociación por haber construido y sufragado (con ayuda del Ayuntamiento, todo hay que decirlo) su actual plaza de toros, que es fija.

Ruge el coso taurino mientras desfila el paseíllo de los mozos que protagonizarán la corrida. Ellos esperan impacientes, nerviosos, la adrenalina por las nubes, la boca seca, las pupilas dilatadas, la tensión se acumula… Hoy van a darlo todo para que la tarde se convierta en un éxito rotundo.

Desde el domingo al martes, las tardes taurinas han resultado exitosas. El público ha vibrado con el valor de Tino, con la maestría de Roberto, con el arte de Adrián, de Héctor, de Manu, de Juan –solo un pequeño inciso para excusarme por no nombrar a todos, aunque todos mantienen la misma valía-; las nuevas promesas han derrochado talento, los más veteranos dejan muestras de su buen hacer y su experiencia. A veces, los aplausos irrumpen en la plaza, en ocasiones algún que otro revolcón desata el griterío.

Y el éxito de aquellos aficionados al arte de la tauromaquia se verá recompensado por la satisfacción de haberse entregado a su público y a su pueblo.

Momentos de máxima emoción.

Una de las personalidades más carismáticas que ha dado este pueblo, sin duda, fue Félix Gil. Su pundonor, su entrega y su espíritu de lucha hicieron de él un ejemplo a seguir. Tal vez, por esa valía suya, la muerte nos lo arrebató aunque no pudo borrar la huella que dejó en su localidad natal. En su honor, se creó el premio Félix Gil a los valores humanos y a la colaboración, digno galardón para quienes son afortunados de recibirlo. El 2015 quiso premiar a Matías Arcones y a José Osorio, principales responsables de La Hermandad del Rosario, al frente de la cual han desarrollado una loable labor.

Pero sin duda, la carga sentimental más profunda tiene su origen en la peña El Tizo, con la comida en “homenaje a nuestros mayores”. Ellos, sabios en experiencia, espejo en el que mirarnos, dieron todo por nosotros, y reconocer su labor es un acto merecido.

El silencio se apodera del recinto abarrotado; la gente espera expectante a que se nombre a las dos personas más mayores no premiadas en ediciones precedentes, que recibirán el honroso reconocimiento. Es tan honda la emoción que invade el ambiente, que pronto brillarán los ojos humedecidos a quienes son de lágrima fácil ¡Y a los de la difícil! Sucumbe la peña ante las palabras de Genoveva, que tras recibir el premio, muestra su agradecimiento, y no puede por menos que recordar a un querido familiar suyo, miembro de dicha peña, que seguro nos escucha desde otras dimensiones distintas a la vida material. Tino, la otra persona galardonada, preso de la emoción, apenas puede entonar un “muchas gracias”.

Y la peña ensordece estrepitosa entre vítores y aplausos; y cada cual piensa que un poco de aquellos que ya marcharon está ahí, orgullosos y ufanos por ese acto. Momentos indescriptibles.

Seguro que quien ha subido aquel día a la peña “El Tizo”, ha notado cómo su corazón empequeñecía, cómo su espíritu se implaba y cómo un cúmulo de sensaciones se hacía hueco en su pequeño universo.

El punto y final.

El último hálito festivo engalana la noche de vistosos colores y huele a pólvora quemada. Mucha tinta queda por derramar sobre las fiestas: la magia de la noche, la genialidad de los disfraces, las anécdotas de los encierros…, pero es mejor que el próximo año lo descubran ustedes. Y ahora, que toca hacer balance de resultados, conserva, estimado vecino, esta reflexión:
-Si has hallado satisfacción cuando la plaza del pueblo se llenaba.
-Si, de un modo u otro, has sido partícipe de los actos festivos.
-Si has conseguido que el foráneo se sienta como en casa.
-Si tu corazón ha vibrado, si te ha embargado la emoción.
-Si en algún momento has echado en falta a los que ya no están.
-Si has percibido el orgullo de ser de Valsaín.
-Si has notado el vacío que te embarga cuando suena la traca final… Entonces sabes lo que es “sentir las fiestas”.

Mientras el eco del último cohete se pierde entre los paradisíacos pinares, tus oídos se esfuerzan por buscar el regreso del nuevo chupinazo con el que se iniciarán las fiestas del siguiente año. Durante la espera, los anhelos dejarán un hueco a la nostalgia en forma de fotografías que nuestro estimado Pedro de la Peña divulga en los entresijos del novedoso invento de Internet en devalsain.com.

No es cuestión baladí mencionar a quienes no son gustosos del ajetreo y la parafernalia que conllevan las fiestas, pues es una opción razonable. Habrá también quienes nos rechacen, ¡allá ellos! Yo prefiero quedarme con la garra, el empuje y la fuerza que transmiten estas fiestas, con sus muchas virtudes y a pesar de sus defectos. Es cuestión de bucear profundo para dar significado a lo que flota en la superficie.

José Manuel Martín (Chichas)
El Adelantado de Segovia, 23 Septiembre 2015


 


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VEREDAS DE GABARREROS

 
En las cumbres habita el viento sempiterno. A veces se trata de una leve brisa, en otras ocasiones navega con la fuerza de huracán entre las dos vertientes de la sierra de Guadarrama. Picachos milenarios que soportan, casi imperturbables, los embates del agua, de la nieve, del hielo…, o la erosión del propio vendaval. Parajes agrestes, masas graníticas cuyo rey se eleva a 2428 metros de altura, y el eco de sus rocas quebradas responde al nombre de Peñalara. En la falda de la montaña, los chaparros más osados escalan aprovechando el más mínimo vestigio de suelo fértil. Y más abajo, el Eresma dibuja ese valle ancestral que colonizaran los pinos. Allí la vida fluye en un ecosistema plagado de sensaciones. Por allí viaja la inspiración de poeta, se envuelve el caminante en su magia, y afronta su retos el científico.

Montes de Valsaín, tierras con aroma a paradigma. Pinos centenarios que guardan los secretos de los años que ya marcharon, veredas laberínticas que trazaron los cascos de las caballerías y las pisadas de sus amos.Pues han sido Enrique y David España, hijo y nieto de Evelio, quienes se han encargado de endulzarnos las fiestas al permitirnos disfrutar de una bolsa de churros (también con chocolate) o de poder volver a llevar churros a la mesa a la hora de desayunar, sin olvidarse, por supuesto, de los del “turno de noche”, que durante las fiestas no han sido pocos.

Mi mente viaja al encuentro de los viejos gabarreros; y me recreo escudriñando en el horizonte de sus tiempos marchitos. Pululan como hormigas laboriosas por los rincones del pinar, forjan sus destinos al compás que marca la Naturaleza indolente, gastan sus vidas a golpes de hacha. Sus relatos, sus desventuras, sus avatares…, llenan el alma del bosque, en el que dejaron una profunda huella.

Son esbozos de unos personajes emblemáticos que subsistían de la explotación de las leñas muertas y de los restos no maderables del pino abatido. Dotados de un singular fortaleza, de una inagotable capacidad de sacrificio, de un especial espíritu de compañerismo que los unía en sus vicisitudes y, sobre todo, dignos de admiración por el amor que profesaban a su pueblo y a su pinares.

Todavía muchas sendas atraviesan este maravilloso enclave. Pero, a la vez que se extinguen los gabarreros, el polvo de las veredas se apelmaza, la hierba las difumina, mientras dormitan en un sueño cada día más profundo. Bajo la sombra de los pinos, se abre un hueco para desnudar los recuerdos, empaparnos del espíritu que aquellos hombres infatigables nos dejaron como heredad, y permitir que la nostalgia guíe nuestros pasos.

Por estos senderos de grandeza, consigo mirar más allá de lo que alcanza mi vista: Porque quiero contemplar el transitar de los gabarreros por las veredas de su Historia.

José Manuel Martín (Chichas)
Abril de 2011


 


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EL ÁRBOL Y EL ANILLO
Cuento Ganador del XXII concurso de cuentos "Los cuentos de La Granja" en su edición del año 2004

 

©Pedro de la Peña García | devalsain.com